6 de mayo, día de San Juan ante Portam Latinam

Hoy, día 6 de mayo, se conmemora el martirio de San Juan ante la puerta Latina de Roma, por orden del emperador Diocleciano.

Este suceso lo contaba ya Tertuliano alrededor del año 200. Fue con motivo de la segunda persecución. Durante mucho tiempo Domiciano había sido el más justo de los emperadores. Pero un día, bajo «el censor santísimo», es la expresión de Tertuliano, bajo las apariencias del hombre que, como dice Marcial, «había obligado al pudor a entrar de nuevo en los hogares», apareció el monstruo. «La necesidad—dice Suetonio—le hizo rapaz; el miedo le hizo cruel.» Si aquello no fue una locura, es difícil explicar el caso de aquel hombre que se paseaba solo, inquieto; agitado por todas las tempestades de la pasión, leyendo las memorias de Tiberio, gramática de tiranías, combinando listas de proscripción y cazando moscas a través de sus habitaciones revestidas de mármoles brillantes como espejos, con el fin de ver cuanto pasaba en torno suyo. Celoso de toda superioridad, el déspota no podía siquiera sufrir la superioridad de la virtud, y este sentimiento le hizo perseguidor de los cristianos. Varones consulares, ilustres damas de la misma familia imperial, gentes lel pueblo, esclavos y artesanos fueron proscritos, depórtados o asesinados sin forma de proceso por el amo del mundo en delirio. Allá en Palestina vivían dos nietos del apóstol Judas, «hermano de Jesús». Su calidad de parientes del Señor y descendientes de David le hizo entrar en sospechas. Los mandó prender, los trajo a Roma y los interrogó personalmente. Por fortuna, se trataba de dos pobres rústicos que vivían difícilmente cultivando su campo y creían en un reino celeste y espiritual. El emperador les dejó en libertad, riéndose de sus sueños y despreciando su pobreza. Casi al mismo tiempo le trajeron al discípulo predilecto de Jesús, que predicaba la doctrina de su Maestro en el Asia Menor. Creyó que se trataba de un hombre más peligroso, y mandó proceder contra él con todo rigor; pero el fuego le respetaba, el aceite era para él como un rocío. Juan salió incólume del baño hirviente, y marchó deportado a la isla de Palmos.

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